Bajo el signo del terror

Abuelas Plaza Mayo

Un detallado volumen de anécdotas constituyen el libro Nunca más, informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, en el cual se describen las violentas escenas de crímenes que formaron parte de una política de terror llevada a cabo entre 1976 y 1983 en Argentina.

Este libro acompaña una jornada de protesta y denuncia que, junto al  grupo argentino Madres de Plaza de Mayo,  los casos que se mencionan «surgen del aporte testimonial y documental recibido, habiendo sido seleccionados con la sola intención  de fundamentar y ejemplificar la exposición, la que a su vez resulta  de la totalidad del material reunido, es decir, de la palabra de testigos directos de esos hechos» (Nunca más, 1ra parte, Introducción).

Nunca Más narra hechos que parecieran irreales pero no sería la primera vez que situaciones parecidas forman parte de la cadena de crímenes atroces que ha enfrentado la humanidad producto de las dictaduras. El caso cuyo tema nos ocupa es el de niños desaparecidos durante este periodo de la tristemente célebre dictadura de Rafael Videla.

Cada vez que los niños sufrieron en carne propia la tortura, cuando vieron torturar a sus padres entraron en el universo del horror, las consecuencias fueron imprevisibles, llegando en el siguiente caso a producirse fenómenos tan inesperados como el suicidio de criaturas de corta edad.

El tesimonio de Alicia B. Morales de Galamba (Legajo N° 5187) nos acerca a un dramático hecho que aparece narrado en el libro:

«Vivía en Mendoza con mis hijos, Paula Natalia y Mauricio de un año y medio y dos meses respectivamente. Con nosotros vivía también una amiga, María Luisa Sánchez de Vargas y sus dos hijos Josefina, de cinco años y Soledad de un año y medio. El 12 de junio de 1976 alrededor de las 23 horas, estábamos María Luisa y yo en la cocina, cuando escuchamos golpes y vimos irrumpir en la cocina de nuestra casa, donde estábamos, un tropel de gente. Sin darnos cuenta ni tomar conciencia de la situación, nos golpearon y nos vendaron. Ante el estrépito y las voces, los niños se despertaron llorando frenéticamente.

«Los hombres revolvieron toda la casa rompiendo lo que encontraban a su paso mientras me preguntaban repetidas veces por mi marido. Cada tanto hacían ruido seco con el cerrojo de sus armas como si fueran a dispararlas. El terror se había ya instalado y no nos dejaba respirar. Era un terror creciente en medio de los gritos de los pequeños cada vez más enloquecedores. María Luisa y yo los tomamos en brazos tratando de calmarlos.

«Habrían transcurrido unos veinte o treinta minutos cuando nos hicieron salir de la casa y nos introdujeron a todos en un coche, tal vez un Falcón, y nos llevaron a lo que según supe después, era el D. 2 o sea el Palacio Policial de Mendoza. Nos metieron en un recinto vacío y por varias horas se llevaron a Mauricio, mi hijo de dos meses. Sentí entonces que el mundo se partía. No quería vivir. Ya ni siquiera lloraba. Tirada en el piso, me había ovillado como un feto. Recién después de varias horas me devolvieron a Mauricio y poco a poco me fui recobrando.

«Durante dos días los cuatro niños se quedaron con nosotras. Josefina y Paula no aguantaban el encierro. Lloraban y golpeaban la puerta pidiendo salir. En un momento dado uno de los carceleros sacó del lugar solamente a Josefina. Fue un nuevo tormento. No sabíamos qué querían hacer con la pequeña. Cuando la devolvieron -al cabo de un par de horas- Josefina nos contó que la habían llevado a la terminal de ómnibus para que reconociera gente.

«Tiempo después vinieron a llevarse a los cuatro niños que fueron entregados a sus respectivos abuelos. Después nos separaron a María Luisa y a mí, aunque seguimos estando en el D. 2. Un día uno de los carceleros me informó que traerían a María Luisa a mi celda. Me alegró poder verla de nuevo, aunque temía por su estado. María Luisa era realmente otra persona, el dolor la había envejecido. Me contó llorando que gracias a unas prostitutas había podido ver en los primeros días, poco después que nos separaron, a su marido, José Vargas. Él también había estado detenido allí. Actualmente figura como desaparecido.

«En esa entrevista José le contó a su esposa que la hijita de ambos, Josefina, había estado presente en una de las sesiones de torturas. La habían hecho presenciar el sufrimiento de su padre, para que éste hablara. Eso debió ocurrir cálculo entre el 12 y 14 de junio y en el momento en que sacaron a Josefina de la celda en que estaba con nosotras.

«Pero el relato de María Luisa no acaba ahí. Lo que escuché después fue tan terrible que aún hoy siento, como entonces, que de todos los dramas que pueda vivir una persona, no debe haber otro peor que ése. Hace unos días, me dijo, me llevaron a la casa de mis padres, en San Juan. Realmente creí que era para darles satisfacción a los viejos, mostrarles que estaba viva y hacerme reanudar el contacto con las niñas. Pero no, me llevaban para asistir a un velorio. ¿Y sabes de quién era? De mi mayorcita, de mi Josefina. Cuando María Luisa le preguntó a su padre, el Dr. Sánchez Sarmiento, defensor de la justicia Federal, cómo había ocurrido semejante hecho, éste le contó que a los pocos días de llegar, la niña había sacado del cajón de un mueble el arma que el abuelo tenía en su casa, y se había disparado un tiro».

En Nunca Más están las voces de todos aquellos que sufrieron y padecieron  en Argentina durante el período antes citado y los que de una forma u otra llevan  como consecuencia  tallada la huella de lo que antes fue y aún no se olvida.

Y es precisamente en tal empeño de denunciar aquellas circunstancias  que juega un papel importante la organización Abuelas de Plaza Mayo, las cuales son una organización civil creada de manera progresiva, que se inclina hacia la defensa de los derechos humanos en Argentina, cuya sede está situada en Buenos Aires. Estela Barnes de Carlotto figura como líder de la organización.

Su labor social está orientada a la restitución de los niños secuestrados o desaparecidos durante la última dictadura militar o proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) a sus familias legítimas. Durante aquel periodo desaparecieron miles de personas, utilizando para ello los famosos CCD.

Mientras duró la dictadura, el gobierno adoptó como modus operandi el asesinato, la desaparición y tortura de todo aquel que se opusiera al sistema impuesto, lo que causaba pánico en la sociedad de forma general. El solo hecho de averiguar sobre un familiar podía causar la propia desaparición. Es en este contexto que se determinó, por parte de los militares, que los niños nacidos en cautiverio serían considerados «botín de guerra», además de que no debían ser criados por subversivos ni sus respectivos familiares, sino por «buenas familias» (militares) para salvar así a la sociedad argentina – partiendo de esta concepción alrededor de 500 niños fueron apropiados y privados de su identidad.

Las diferentes organizaciones mundiales –de carácter humanitario o eclesiástico– que podían pronunciarse ante los desmanes cometidos por el régimen militar en vigor mostraban disposición para abogar por la causa, en aquel momento no se podía recurrir al ámbito judicial pues los jueces argentinos rechazaban constantemente los hábeas corpus.

Por ello un grupo de madres, padres y familiares de desaparecidos iniciaron un movimiento de resistencia no violenta, en el que las cabezas de las mujeres cubiertas con un pañuelo blanco funcionaba como símbolo. Sería la Plaza de Mayo el escenario para dicha protesta. Fue así que cada jueves, a partir del 30 de abril de 1977, marcharon alrededor de la Pirámide de Mayo. Al inicio se reconocían entre sí con un clavo, más tarde empezaron a usar las mujeres un pañal de tela blanco. Comenzaron a ser llamadas Madres de Plaza de Mayo, esta actitud causó presión tanto a nivel nacional como a nivel internacional sobre el destino final de las personas desaparecidas.

El mes siguiente, el 15 de mayo, María Eugenia Casinelli y otras once abuelas firmaban un hábeas corpus colectivo, dirigido a la justicia de Morón donde constaba la existencia de bebés desaparecidos y solicitaban la suspensión de las adopciones. Se registra la carta como documento histórico y antecedente de la constitución de las Abuelas de Plaza de Mayo a fines del 77.

Muchas fueron las que en estos primeros momentos se incorporaron a las rondas. En los primeros tiempos participaban algunos hombres hasta que, por determinación de las mismas mujeres, se decide que sería una actividad solo realizada por féminas, además los hombres eran entendidos como « más peligrosos», por lo que pasaron a apoyar la lucha desde otros espacios.

Al principio eran conocidas como las Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos con Alicia de De la Cuadra como primera presidenta, aunque para 1980 aceptaron la denominación por la que eran conocidas.

Es importante precisar que el grupo de las Madres de la Plaza Mayo organizó un subgrupo, el de las Abuelas, cuya labor está orientada de manera más precisa  al asunto de los bebés.

Para la década de 1990 los niños ya no serían tan chicos, serían adolescentes y tendrían cierto nivel de autonomía, por lo que las Abuelas cambiaron su forma de actuar, comenzaron a realizar acciones masivas que involucrasen a toda la sociedad y que permitiera a los jóvenes que tienen dudas sobre sus orígenes, acercarse sin que fuese un problema. Por eso en 1997, lanzaron una campaña ¿Vos sabés quién sos?, campaña se inició con un recital de rock en la Plaza de Mayo, presidido por el cartel y la consigna. Con ese fin, crearon junto a la CONADI, Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad, que se extendió por todo el país promoviendo el derecho a la identidad. Fue el comienzo de una nueva aproximación al problema. Ya era posible dirigirse a los nietos de manera directa.

La asociación trabaja hoy con un equipo multidisciplinario compuesto por jurídicos, médicos, psicólogos y genetistas y para asegurar la validez de los análisis de sangre se ha implementado un Banco Nacional de Datos genéticos, creado por la Ley Nacional Nº 23.511, donde figuran los mapas genéticos de todas las familias que tienen niños desaparecidos.

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